28 de octubre de 2012

El regalo más grande

Alguien muy importante en mi vida, mi querida sobrina Mary Paz, ha traído a mi familia el más grande regalo que se puede hacer: la pequeña Emma ha venido al mundo y estoy seguro de que, con ella, vendrán grandes alegrías para mí y para toda la gente que quiero. Un poco antes de lo esperado y con apenas dos kilitos de pura ternura, será la alegría que, desde hace algún tiempo, todos necesitábamos.
Que Dios la bendiga y les dé mucha salud, a ella, y a sus padres, para criarla.

¡Mary Paz, Emma, OS QUEREMOS!

14 de octubre de 2012

Desgarrador

En plena era de la tecnología y de la comunicación, son precisamente la tecnología y la incomunicación quienes han acabado con Amanda Todd. Con solo quince años y después de haber denunciado en la red que estaba siendo víctima de acoso, la joven canadiense no ha resistido más y ha puesto fin a su vida.
Había utilizado internet para denunciar su situación, después de que la propia red hubiera contribuido decisivamente a sumergirla en la profunda depresión que la condujo a este dramático final. Un error excesivamente común en nuestros días (utilizar la redes sociales para publicar fotos comprometidas) y la crueldad de quien puede utilizarlas de manera despiadada, provocaron agresiones, insultos, desprecios, etc. que acabaron, finalmente, por destruir a Amanda. "No tengo a nadie", "Necesito a alguien", eran los gritos mudos que la adolescente había lanzado como súplica. Pero fue inútil; días después de publicar estas imágenes, decidió acabar con su sufrimiento.
Por favor, padres, educadores, entre todos, ayudemos a  que los jóvenes hagan un uso responsable de la red. En ella, en ese mundo virtual casi infinito, también tiene cabida, desgraciadamente, lo peor del ser humano.

AMANDA, DESCANSA EN PAZ.

2 de septiembre de 2012

Dame tu mano

Me gustaría que leyeseis esta historia que he escrito. Habla de deporte, de esfuerzo, de superación personal, de amistad, de solidaridad; habla de amor... y de muchas cosas más. En definitiva, tal vez hable de la vida misma. 
Espero que la disfrutéis y que podáis aprender algo con su lectura. Para eso la he escrito.
LLeva por título...


DAME TU MANO


Óscar entró en el coche con ostensibles gestos de contrariedad. Se sentó, arrojó la bolsa en el asiento de atrás, y cerró dando un portazo.

    -¡Se acabó! ¡Esta vez sí que lo dejo! -gritaba encolerizado.

Su padre, mientras encendía el motor del automóvil, le miraba, buscando una frase apropiada que no acaba de encontrar. Tomó aire profundamente y, después de soltarlo, le dijo:

    -Óscar, ahora no es el mejor momento para tomar ese tipo de decisiones. Estás enfadado, decepcionado por el resultado, y no eres capaz de ver las cosas con la debida objetividad. Cálmate un poco y ya hablaremos en casa. No se acaba el mundo por perder una carrera.
    -¡No era una carrera, papá! -interrumpió el muchacho, en un tono excesivamente alto de voz e incorporándose bruscamente en su asiento-. ¡Era la carrera más importante de la temporada! Estuve entrenando meses, esforzándome mucho para hacer hoy un buen tiempo y lograr la clasificación para los campeonatos. ¡Y lo único que he conseguido es hacer el ridículo!
    -Yo creo que un cuarto puesto no es precisamente hacer el ridículo, hijo -insistía el padre en su intención de animarlo.
    -Es ridículo, cuando corro más de un segundo por encima de mi marca. Y más aún, cuando solo los tres primeros obtenían la clasificación directa -seguía gritando completamente fuera de sí-. ¿De qué me vale ser cuarto? ¡Esto no es lo mío! ¡No valgo para el atletismo! ¡Para mí, se acabó!

Óscar reclinó su asiento y se giró hacia la ventanilla, fingiendo que iba a dormir. Su padre volvió a suspirar, miró al cielo suplicando un poco de paciencia y arrancó en dirección a casa. Cuando llegaron, Óscar ni siquiera quiso hablar con su madre y se dirigió directamente a su cuarto. Pero, su manera de actuar y la decepción en el rostro de su marido, fueron más que elocuentes. Estaba claro que su hijo no había conseguido la clasificación para los Campeonatos Gallegos, por la que tanto había luchado.

Sus padres tampoco podían ocultar su desilusión. Óscar llevaba desde los ocho años practicando atletismo y, en los últimos meses, había entrenado dura e intensamente para poder estar en Santiago en el mes de mayo. Todos tenían muchas esperanzas en esos campeonatos y también ellos habían dedicado tiempo y sacrificio para traerlo y llevarlo todos los días a los entrenamientos. Pero no pudo ser.

                                                                                * * *

Al día siguiente, durante la comida, nadie se atrevía a sacar el tema. Hasta que, ya en el postre, dijo por fin la madre, con cierto recelo:

     -¿A qué hora tienes hoy el entrenamiento, hijo?
     -A ninguna -contestó él, sin levantar la mirada del yogur que se estaba tomando.
     -¿Piensas descansar, entonces? –preguntó esta vez su padre.
     -El descanso es definitivo. Ya te dije ayer que dejaba el atletismo, ¿no? -el muchacho empezaba a enfadarse un poco-. ¡Así que dejadme en paz y hablad de otra cosa!

                                                                                * * *

Los padres de Óscar intentaron de todas las maneras posibles animarlo y convencerlo para que siguiera practicando su deporte preferido desde que era niño. Pero fue inútil. Había pasado ya más de un mes desde el fatídico día de la eliminación y Óscar no había vuelto a los entrenamientos. Resultaba increíble, pero parecía algo definitivo y sus padres estaban ya resignados a aceptar su decisión.

Pero un día, por la tarde, alguien llamó a la puerta. Manuel, el padre de Óscar, fue a abrir y se encontró con un hombre que no le resultaba nada familiar.

    -Buenas tardes –saludó el visitante.
    -Buenas -contestó Manuel-. ¿Deseaba usted algo? Mire, si viene a vender…
    -¡No, no! No se preocupe -aclaró rápidamente-. Vengo por algo muy distinto. Usted es el padre de Óscar Gómez, ¿verdad?
    -Sí, así es. Pero ¿nos conocemos de algo?
    -Personalmente no; pero me han hablado mucho de su hijo y de sus excelentes cualidades para el atletismo.

Al padre de Óscar, aquella frase le sonó muy bien e hizo que aumentase su interés por aquel desconocido.

    -Pero, por favor, pase. No se quede en la puerta –se apresuró a decir.

El hombre entró hasta el salón y le sirvieron un café. Lola, la madre, se unió también a ellos. Y los tres, aprovechando que Óscar no estaba en la casa, conversaron tranquilamente.

    -Verán, mi nombre es Alfonso Castro y también tengo una hija que practica el atletismo. Se llama Aldara y corre como una auténtica gacela. Pero, es ciega de nacimiento.

A los padres de Óscar se les borró repentinamente la sonrisa de sus labios y cambiaron de expresión.

    -¡No, no se preocupen! -El Señor Castro se percató de la reacción de sus acompañantes y los tranquilizó con mucha serenidad-. A pesar de todo, ella es muy feliz, ¿saben?
    -¿Y dice usted que practica el atletismo? -preguntó Lola, recuperando el hilo de la conversación.
    -Sí, desde los ocho años.
    -Igual que Óscar -comentó ella de nuevo.
    -Pues, verán. El caso es que, como ya sabrán, en las competiciones atléticas para ciegos, debe haber un guía que corra junto a ellos. -Alfonso Castro hizo una breve pausa para acercar a su labios la taza de café y, tras beber un trago, continuó-. Desde siempre, el guía de Aldara he sido yo. También fui atleta en mis tiempos, y creo, honestamente, que no lo hacía mal. Pero ahora, veo que ella es mucho más rápida que yo y que podría hacer grandes marcas si no corriera conmigo.

Los padres de Óscar se miraron el uno a la otra, como queriendo verificar que ambos estaban comenzando a entender.

    -Entonces, ¿lo que usted nos está sugiriendo es que nuestro hijo sea…?
    -El guía de Aldara. Así es. -Alfonso se adelantó a concluir la frase que había iniciado el padre de Óscar-. He oído que su hijo quiere dejar de competir, pero si accediese a… Aldara acaba de clasificarse para los Campeonatos Gallegos y estoy seguro de que haría un buen papel si alguien como Óscar quisiera ayudarla.

En ese momento, los tres oyeron como alguien metía la llave en la cerradura de la puerta y abría. Era Óscar, que llegaba para cenar. El muchacho entró en el salón y se encontró con los tres contertulios, que habían interrumpido su conversación para fijar la vista en él.

    -Buenas tardes -dijo.
    -Hola, Óscar -contestó su padre.
    -¿Cómo estás, hijo? -preguntó su madre-. Mira éste es el señor Alfonso Castro y le gustaría hablar contigo.

Durante más de media hora, el padre de Aldara y los de Óscar conversaron con él, buscando argumentos convincentes para que aceptara su propuesta. No fue nada fácil; y de hecho, tras grandes esfuerzos, lo único que consiguieron fue que apuntara una dirección y un número de teléfono por si cambiaba de opinión.

    -Entrenamos todos los días, mañana y tarde, en las Pistas Polideportivas del Ayuntamiento -dijo Alfonso Castro cuando se despedía-. Si tú quieres, no te será difícil encontrarnos.

Esa noche, Óscar le dio mil vueltas a su cabeza. Pensó y pensó, con el objetivo de tomar la decisión acertada. Le parecía interesante la idea de ayudar a Aldara a conseguir lo que él no había podido. Pero, por otra parte, solo pensar que estaría allí por otro motivo muy diferente al que llevaba soñando durante meses... Finalmente, se quedó dormido sin tomar ninguna decisión.

                                                                              * * *

Al día siguiente, Aldara entrenaba con su padre en las Pistas Polideportivas del Ayuntamiento:

    -¡Bien hija, muy bien! -chillaba Alfonso, corriendo al lado de ella-. ¡Sigue así, campeona!

Llegaron a la meta, sujetando cada uno por un extremo, una tira de cuero de unos treinta centímetros de longitud, que servía de unión entre los dos para guiar a la muchacha. Estaban sin aliento, agotados por el esfuerzo; pero satisfechos porque, cada día, Aldara corría más rápido.

    -¿Qué tal…, papá? -preguntó ella con evidentes dificultades para hablar-. ¿Qué marca… hemos hecho?
    -¡Genial, Aldara! Has conseguido… rebajar otras… seis centésimas.
    -¡Sííííí! -exclamó entusiasmada-. Si sigo así…
    -Si sigues así, me vas a reventar, hija. Ya casi no puedo seguirte. -El  padre cambió el tono de voz y la expresión de la cara-. Tengo cuarenta y cuatro años y estas marcas… Tenemos que conseguir otro guía, Aldara.
    -Pero, papá, yo quiero correr contigo -se quejó la muchacha-. Si no estás tú a mi lado…
    -Pronto te acostumbrarás, mujer, como todos. Además, lo que tú quieres, ¿no es correr mucho y ganar?
    -Sí, pero…
    -Pero, nada. Confía en mí. Si corres con la ayuda de un guía que sea tan rápido como tú, no habrá quien te detenga.

Justo en ese instante, desde una de las gradas del estadio, alguien llamó:

    -¡Don Alfonso!

El padre de Aldara, sin recuperar del todo el aliento, giró la cabeza para mirar y una sonrisa inundó su rostro.

    -Aldara, creo que ya tienes nuevo guía.

Efectivamente, quien llamaba desde lo lejos era Óscar. El muchacho bajó hasta la pista y el padre de Aldara le presentó a su hija.

    -Hola, Aldara. Yo soy Óscar -saludó con timidez-. He oído que eres muy buena corriendo.
    -Hola, Óscar -contestó Aldara-. Dame tu mano.

 Aldara pasó la mano de Óscar por sus mejillas y dijo:

    -Tienes una mano fuerte, de deportista. Pero, a la vez, es suave y delicada. Vamos a ser muy buenos amigos.
    -Entonces, Óscar… -le dijo el padre de Aldara en tono interrogante.

El muchacho, sin pronunciar palabra, asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa, con la satisfacción de quien sabe que acaba de tomar la decisión correcta.

                                                                           * * *

Óscar y Aldara comenzaron a entrenar duramente día tras día. No tenían tiempo que perder. Los campeonatos serían a finales del mes de mayo y contaban con escasas seis semanas para la puesta a punto. Los dos eran grandes atletas y cogieron rápidamente la forma. Los problemas fueron los normales al principio, hasta que Óscar se habituó a correr enganchado a su nueva amiga y sin poder adelantarla.

    -¡Corre a su lado, Óscar! ¡No le des tirones! -le decía siempre Alfonso-. ¡Debes dejar que sea ella quien marque el ritmo!
                                                                            * * *

Y llegó el gran día. Después de disputarse todas las pruebas de videntes, las gradas permanecieron llenas para ver la carrera de los cien metros lisos femeninos para ciegos. Había bastante alboroto. La gente, desde sus asientos, animaba a unos y a otros. Abajo, en la pista, Óscar y Aldara hacían los últimos estiramientos cerca de la línea de salida. Ella lucía una camiseta roja y azul, sobre la que destacaba, con claridad, el dorsal doscientos sesenta y cuatro. Óscar llevaba puesto, por encima de su camiseta blanca, un peto de color naranja en el que se podía leer la palabra “GUÍA”.

El juez hizo sonar el silbato que les indicaba que debían colocarse en sus puestos. Óscar y Aldara, agachados sobre la línea de salida, agarraron, uno por cada extremo, la cuerda que debía llevarlos unidos hasta la meta.

    -¡Estoy muy nerviosa, Óscar! -dijo la muchacha.
    -No debes preocuparte, Aldara -le contestó su amigo, mientras echaba un vistazo a la posición que ocupaban, entre el público, sus padres y Alfonso-. Tú eres la mejor y vas a ganar.

El pistoletazo de salida provocó un enorme revuelo en las gradas. Aldara y Óscar no habían hecho una mala salida. Pero ocupaban el segundo puesto y eso, en una carrera tan corta, no eran buenas noticias. Pasada la mitad de la prueba, consiguieron colocarse a la altura de los primeros y, en un último e impresionante esfuerzo…   

La llegada fue muy apretada. La chica que iba delante de ellos era felicitada por su guía, dándola por ganadora. Pero los jueces mantenían muchas dudas y aún no se arriesgaban a dar un resultado. Habría que recurrir al ordenador y a la foto final.

Tras unos segundos que se hicieron eternos, los altavoces proclamaron a la ganadora por un escasísimo margen. ¡Aldara era la nueva Campeona Gallega de los cien metros lisos!

En las gradas, su padre y los de Óscar daban saltos de alegría. El muchacho abrazaba a su amiga una y otra vez, mientras ella no paraba de reír y llorar al mismo tiempo.

    -¡Lo has conseguido, Aldara! ¡Eres la mejor! -gritaba Óscar emocionado- ¡Has ganado tú!
    -No, Óscar –le corrigió ella, cogiéndole la mano-. Hemos ganado… los dos.


                                                                                                                                                Pablo Nine

21 de agosto de 2012

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